BENITO JUÁREZ

EL POLITICO LIBERAL Y PRESIDENTE DE MÉXICO QUE SE ESMERO POR CREAR UN PRIMER VERDADERO PROYECTO DE NACÍON

MIGUEL ÁNGEL MADRID GARCÍA.- Nacido en San Pablo Guelatao, en el Virreinato de Nueva España, el 21 de marzo de 1806 fue Político liberal mexicano, presidente de la República entre 1858 y 1872. Tras un periodo de tres décadas en que el conservador Antonio López de Santa Anna había dominado la vida política del país, Benito Juárez se esforzó en sus mandatos en llevar a la práctica el ideario liberal, sino fuera también por una generación de políticos Liberales, considerado la mejor generación  de todos los tiempos , que sin duda, fue la clave  para dictar leyes para hacer efectiva la reforma agraria, la libertad de prensa, la separación entre la Iglesia y el Estado y la sumisión del ejército a la autoridad civil.

Su labor modernizadora topó con inmensas dificultades: la reacción conservadora dio lugar a la guerra de Reforma (1858-1860) y los problemas económicos motivaron el impago de la deuda y la intervención francesa en México (1863-1867). No menos convulsos fueron sus últimos años, y las deserciones surgidas de su propio partido llevarían, tras su fallecimiento, a la longeva dictadura de Porfirio Díaz. Pese a que pocas de sus realizaciones fueron duraderas, su entrega a unos ideales de justicia social es justamente apreciada, y la historiografía lo reconoce como la figura capital del liberalismo mexicano en el siglo XIX.

Hijo de Marcelino Juárez y Brígida García, matrimonio indígena de humilde condición, Benito Juárez quedó huérfano siendo niño y cursó sus primeros estudios en su pueblo natal. Tenía veinte años cuando ingresó en el Instituto de Ciencias de Oaxaca, donde se licenció en derecho. Su preocupación por la realidad social y en particular por la situación de los campesinos lo llevó a expresar sus puntos de vista liberales y a participar activamente en política.

En 1831 Benito Juárez fue elegido regidor del ayuntamiento de Oaxaca y, un año después, diputado al Congreso del Estado. Era éste el primer paso de una actividad que le llevaría a ser el máximo mandatario de la nación, aunque para ello debió ascender lentamente en el escalafón político, sortear dificultades sin cuento, padecer el exilio, sufrir la cárcel, encabezar una guerra civil y atraerse la ira de numerosos enemigos. La energía con que defendió los intereses que representaba le valió en 1846 ser diputado por Oaxaca ante el Congreso de la Unión. Un año más tarde fue designado gobernador de su estado natal, cargo en el que permaneció hasta 1852.

Su oposición al tratado de Guadalupe-Hidalgo, por el que México perdió vastas zonas de su territorio en favor de Estados Unidos, encontró cauce en las filas liberales y en la defensa de un proyecto federalista. Sin embargo, los conservadores lograron una vez más hacerse con el poder en 1853, acaudillados por el general Antonio López de Santa Anna, y Juárez se vio obligado a exiliarse en Cuba.

Al cabo de dos años regresó y se adhirió al plan de Ayutla, entre cuyos firmantes figuraban los generales Villarreal, Comonfort y Álvarez. Al triunfar el pronunciamiento fue designado consejero de Estado y, bajo la presidencia de Ignacio Comonfort (1855-1857), ministro de Justicia. Como tal promulgó una serie de leyes que restablecían las libertades de enseñanza, imprenta y trabajo y anulaban las prerrogativas del clero y el ejército.

Sus disposiciones legislativas, que inspiraron la Constitución de 1857, de corte liberal, motivaron la reacción de los conservadores, quienes se pronunciaron al año siguiente en el plan de Tacubaya. Comonfort pactó con ellos, dio un golpe de Estado y encarceló a Juárez, lo cual fue el detonante del conflicto civil llamado la guerra de Reforma (1858-1860).

Como presidente de la Corte Suprema de Justicia, Juárez, que había conseguido huir, se convirtió en el presidente legítimo, de acuerdo con la Constitución. Presionado por sus enemigos, hubo de refugiarse en Panamá, pero regresó en mayo de 1858 para establecer su gobierno en Veracruz. Desde allí expidió las leyes de Reforma y proclamó una Constitución más radical que la anterior. En 1859 su gobierno fue reconocido por los Estados Unidos, y, con su ayuda, los liberales derrotaron finalmente a los conservadores en 1860.

Sin embargo, las graves dificultades económicas por las que pasaba el país obligaron a Juárez a suspender el pago de la deuda externa. La medida motivó la intervención armada del Reino Unido, España y Francia en 1861 y sumió de nuevo al país en una tensa situación de guerra. Las promesas de Juárez determinaron la retirada de las dos primeras potencias, pero Francia, en connivencia con los conservadores, invadió México en 1863, y en 1864, tras ocupar la capital, acabó por imponer al archiduque Maximiliano de Austria como emperador de México.

Ante la instauración del Imperio de Maximiliano I, Benito Juárez se retiró a Paso del Norte y desde allí organizó la resistencia. Hombre de leyes por encima de todo, prorrogó no sin profunda vergüenza y violencia interna sus poderes presidenciales hasta que terminase la guerra, y emprendió enseguida la ofensiva republicana, que triunfaría tras el sitio de Querétaro en 1867 y se saldaría con el fusilamiento de Maximiliano el 19 de junio en el Cerro de Campanas.

Con el país empobrecido y desunido, fue reelegido por séptima vez en agosto de 1867. Juárez restauró la República federal y dio vigencia a las leyes de Reforma. Pero el último lustro de su vida política estaría marcado por revueltas y conflictos de toda índole. Por una parte, proliferaban en México brotes de bandoleros y grupos guerrilleros revolucionarios, y por otra el sistema constitucional, que se había impuesto tras arduas luchas contra las poderosas fuerzas de la reacción, comenzaba a desacreditarse ante las acusaciones de fraude electoral. Para colmar el vaso, el presidente inició impopulares reformas con objeto de acumular en sus manos un mayor poder ejecutivo.

Este hecho y el temor a que buscara perpetuarse en el cargo motivaron la reacción dentro de su propio partido. Porfirio Díaz, cuyo nombre resume por sí mismo el siguiente capítulo de la historia de México, se pasó a la oposición, tras haberse destacado como victorioso militar en la guerra contra Maximiliano, y en 1871 Sebastián Lerdo de Tejada, principal colaborador de Juárez en política interior, no aceptó presentarse a las elecciones y fundó el partido lerdista. Durante ese año el presidente debió asimismo sofocar diversos levantamientos, como los de Treviño y Naranjo, agotando en esta extenuante empresa sus ya enflaquecidas fuerzas.

A pesar de las dificultades económicas, de la hostilidad del Congreso y de numerosos pronunciamientos, el 1 de diciembre de 1871 Juárez asumía nuevamente la presidencia ante el Congreso de los diputados, y allí reiteraba su fe en la legalidad con su habitual energía. Pero los vientos de la historia se orientaban ya hacia ciertos puntos de derrota. Porfirio Díaz arengaba a sus partidarios contra Juárez acusándolo de dictador y poniendo en marcha una revuelta inspirada en el llamado Plan de la Noria, cuya más significativa propuesta era la prohibición de que fueran reelegidos los presidentes. Sebastián Lerdo de Tejada se alió con Porfirio Díaz y juntos se alzaron contra Juárez.

Pese a que Juárez sobrevivió también a esta postrera andanada de sus enemigos políticos, reprimir el levantamiento constituyó su último acto público, una prolongada serie de disfunciones cardíacas que por fin lo llevaron a la tumba el 18 de julio de 1872. Tras su muerte el Congreso lo declaró Benemérito de la Patria y de las Américas. Aunque sabemos que también tuvo una serie de desaciertos, su imposición ante el clero que posiblemente justa, si  la empatía que tenía con Estados Unidos, su logia Masónica al llegar al grado máximo como 33, y por casi tratados comerciales y territoriales que le iban a pesar quizás mucho en la historia mexicana, o como también se acostumbraría a una dictadura permanente o el que se diga que trato de sacudirse sus raíces indígenas, eso solo él lo sabría, pero de lo  que es cierto y no hay  duda fue  el hombre clave,  y que sin esta excelente generación de políticos, la mejor de todos los tiempos en México; como Santos Degollado, Melchor Ocampo, Gómez Farías, Guillermo Prieto, Francisco Zarco entre muchos más, simplemente nunca se habría construido el primer proyecto real de nación, que han dado cimiento junto con la de 1917 al sistema político actual de nuestro país de las mejores del mundo, pero que desgraciadamente muy difícil de ejercerlas en la mayoría de sus casos, por la sed de corrupción y poder que nos han perseguido siempre en nuestra historia.

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