OTRO GRAN SOLITARIO DE PALACIO

Quien caprichosamente actúa conforme una institucionalidad esquivada para sentirse dueño de México, es comprensible que está sometido a dislocaciones emocionales profundas, a esquizofrenias peligrosas, dando forma a lo que desde hace mucho tiempo se sabe: el poder enloquece. Ser el único mexicano, en este caso el presidente de México, que puede hacer lo que quiera y disponer de todo lo que se le ocurra, sin consultar a nadie, es motivo grave para perder la estabilidad mental. Sentirse el dueño de todo el territorio nacional, de sus aguas, de sus ríos y litorales, de su petróleo y su gas, de sus minas, de sus bosques, etc., etc., resulta difícil soportar tanto poder.

Pero, además, aquilatar a México como de su propiedad, como Stalin o Hitler, girando en las borrascas del poder único para sentirse, un ente deificado, con aureolas inapagables, es terriblemente peligroso. Y la egolatría del poder se va a lo más hondo, a la profundidad de las mega equivocaciones al punto de saberse dueño de los habitantes de “su” territorio, de su democracia, de sus estándares de vida, de su educación y hasta las consideradas nefatas, si esos habitantes deben seguir siendo pobres aplicando una democracia enferma y hacer de ese territorio una sociedad crónicamente rezagada y la más desigual en la presunción de emergentes.

Gobernar como el gran solitario, como le sucedió a Díaz Ordaz, provoca orillamientos de criminalidad. Por ello la locura en el poder es de alta peligrosidad social. Es cierto que existen otros estamentos de control en el país que debieran actuar como coadyuvantes de primer orden para aprobar las decisiones superiores o cancelar todo el proyecto que represente severos daños a la nación: pero está visto históricamente que los otros poderes no sirven para nada en la exigencia del razonamiento, están convertidos en aplaudidores arrodillados, vacíos en la necesidad del debate. Siempre están esperando órdenes que, a decir verdad, denigran la persona humana con credencial para sacrificarse por la nación.

Acompañan al presidente una especie de manada de burriciegos o un rebaño de los históricos borregos. El único autorizado para pensar a favor de México es el presidente y todos quisiéramos que lo hiciera bien, sin caprichos, sin soberbia, con modestia, pensando en que la patria no es de su propiedad. Que es, ante todo, un servidor público, que pasará  a la historia como patriota o como traidor. Nadie desconoce, de los mexicanos enterados, que su gobierno no imprimió nada nuevo, únicamente se envolvió en la bandera del neoliberalismo, de la macroeconomía y la globalización y se sentó a ver pasar el aire, a disfrutar la visión del viento contaminado.

Ahora del dedazo inmortal del viejo PRI, apuntalado por los bufones sectoriales, el nuevo PRI lanza una candidatura, como escribiera alguien, un candidato que no es pura sangre, como los caballos corrientes, pertenece a la caballada flaca como dijera el cacique guerrerense, Rubén Figueroa. El señor Meade no posee ideología priísta, ni panista. Tampoco es de izquierda. Es huérfano de principios doctrinales. Ha tenido el don de la ubicación para servir en sexenios diferentes y enriquecer a muchos. La única ideología que tiene es la del dinero. El afán del continuismo presidencial es la decisión de profundizar la pobreza con la antidemocracia y la desigualdad social. Ya se verá que hace el pueblo.

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