Horas extras: la violencia en el sur

Angel Gabriel Fernández.-  (1) Uno de los mejores periodistas de México, Jesús Blancornelas, escribió el libro “Horas Extras”, donde plasma interesantes crónicas que redactó luego del salvaje atentado que sufrió en Tijuana de parte de un grupo de la delincuencia. Él mismo aseguraba que estaba viviendo horas de más, horas extras. En su honor hay incluso corridos, uno de ellos interpretado por “Los Tucanes de Tijuana” titulado “El Periodista” y “Los Tigres del Norte” le dedican el corrido “El Gato Félix” a quien fuera su brazo derecho en la redacción, Héctor Félix Miranda, a quien también asesinaron.

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En la vorágine de violencia que se vive en el sur de Veracruz –y que había “descansado los primeros 9 días del año–, hay casos notables y citables de personas que fueron asesinadas y, cuando menos, dos intentos; es decir, ya habían sido advertidas, ya habían recibido el mensaje o las amenazas.

La tarde del martes 9 de enero, en Oluta fue asesinado un joven en el camino a Texistepec. Era conocido en la colonia “El Chorrito” y se le identificaba porque no tenía un brazo, por lo cual le decían “El Tunco”. Era vox populo que tiempo atrás ya había sido víctima de un atentado, pues dicen que él mismo contaba que se lo habían “volado” de un escopetazo, aunque no se sabía en qué circunstancias.

El día 26 de diciembre del año 2017, en la calle principal de Soconusco fue asesinado un sujeto a quien  apodaban “La Güicha”; lo cazaron cuando estaba en un lavado de autos de su propiedad y de acuerdo a la versión periodística que circuló al día siguiente de los hechos, ya había sido amenazado e incluso había formulado denuncia ministerial.

El día 29 de diciembre, a orillas de la carretera Transístmica, muy cerca de una estación de servicio ubicada en el entronque a Soconusco, fueron baleados varios sujetos, uno de los cuales murió. Las versiones policiacas que surgieron al momento indicaron que el mismo hombre ya había sido atacado a balazos en un hecho ocurrido en la colonia Salvador Allende de la ciudad de Acayucan.

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Los mexicanos somos de los pocos seres en el mundo que nos burlamos de la muerte. Ya es tradición que los dos primeros días de noviembre se hacen veladas, fiestas, disfraces y hasta publicamos las jocosas “calaveras” ridiculizando a los vivos a costillas de los muertos. Para todo mencionamos a la muerte. Cuando tenemos sueños decimos: “me muero de sueño”; cuando tenemos hambre: “me muero de hambre”, por citar sólo dos ejemplos.

Hay personas que retan a la muerte. Un conocido sujeto que normalmente anda por las calles  del centro de Acayucan, ha intentado matarse unas siete veces. En una ocasión contó su historia a este reporteo; narró que una vez se cortó las venas, otra vez tomó pastillas y la última vez que quiso matarse se tiró del puente que está frente al Mangal de Oluta, con tan mala suerte para él que cayó sobre el toldo de un camión pesado y sobrevivió al guamazo. Lo ha intentado, pero pues nomás no se le ha dado.

Fui testigo de un hecho extraordinario a mediados de los años 90´s: en la planta gasera “Gas del Golfo de México” ubicada a orillas de la carretera Costera del Golfo en la salida de Acayucan, unos fascinerosos cometieron un violento asalto y a un empleado de la misma le dispararon en la cabeza. El hombre quedó tendido en la cama con el impacto en la cabeza, por lo que fue trasladado por los servicios de emergencia al puerto de Coatzacoalcos. El reporte policiaco que se elaboró en ese entonces le daba muy pocas esperanzas de vida, casi nulas, pero luego se supo que milagrosamente el hombre había sobrevivido; fue larga su recuperación y su rehabilitación, pero vive para contarla.

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Aunque resultan extraordinarias y de interés periodístico los casos detallados de personas que, lamentablemente, han sido asesinadas tras varios intentos, es más extraordinario el milagro de la vida.

A  inicio de la década de los 90¨s en Acayucan, se dieron dos casos que conmovieron a la opinión pública y que provocaron el puntual seguimiento periodístico:

Uno de ellos fue el de un peruano llamado Jonathan Ricse que fue el único sobreviviente de la tragedia de 21 peruanos que murieron calcinados en el entronque del camino a San Juan Evangelista, al haber sido abandonados por el “pollero” en un camión hermético. La tragedia y la historia del sobreviviente sirvieron para unir a las ciudades de Acayucan, Veracruz y Chosica, Perú; incluso una calle de esta ciudad se llamaría así.

El otro caso fue el de una bebé que fue abandonada por su madre en el monte, rescatada varios días después y entregada a una familia altruista de la ciudad. Se supo que la niña creció bien y que hoy es una mujer de bien; la llamaron “Flor del Campo”.

Ganas de vivir.

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