MORIR PARA VIVIR

Conocí a Mónica Espín Iturbe cuando era estudiante de bachillerato en la mejor institución de la región de Acayucan: “La Escuela de Bachilleres Francisco Zarco”, en la que ella era estudiante y yo un docente más impartiendo mi clase de filosofía. La recuerdo con nitidez esplendente como si fuera ayer, como si los días no hubieran pasado, está presente en mi memoria persistente sin que el tiempo se haya atrevido a desprender ni una partícula de estos recuerdos tan gratos.

Mónica era un tanto hermética, no era muy frecuente su interrogación oral, más bien su temperamento bello era una introspección que hacía volar en el portento de su imaginación, razonada o etérea o, quizás, las alegorías oníricas propias de su edad; fue atenta y era fácil observar que asimilaba con fruición ese indescifrable conflicto espiritual que existe entre la vida y la muerte. Mónica procede de una familia de talentos, y en ella, en lo personal, convergen la belleza física, la belleza moral y la belleza de la inteligencia.

Actualmente Mónica es Licenciada en Ciencias de la Comunicación, Orientadora Humanista, Psicoterapeuta y Thanatóloga. Todo este cúmulo de conocimientos están en el cerebro de Mónica como una milagrosa herramienta que en parte le fueron de utilidad indescriptible al vencer la cercanía de la muerte, a la que desea muy lejos, no obstante que sabe que la muerte tiene mucha paciencia para esperar el momento del colapso fatal que a todos llegará. La muerte acarició uno de sus senos, transformando sus pechos vírgenes, turgentes y eruptivos en alarmante anuncio de muerte.

Su alivio temporal cambió por completo el ritmo de su vida. La templanza se hizo presente. El valor para seguir viviendo amacizó su temperamento. Su aparente desarrollo tímido rompió las contenciones psicológicas aprisionantes y su vida se expandió a escenarios diferentes, había descubierto que existía un mundo ideal para ser feliz y que la vida no solamente era trabajar, ahorrar como enfermizo, dejando pasar lo mejor de los años enceguecidos ante la infinita belleza del universo.

Leí con mucho gusto y placer el hermoso libro escrito por Mónica: MORIR PARA VIVIR. Y es que ella lo sabe, la vida es muerte. El ser humano empieza a morir desde el mismo instante que nace. La muerte y la vida caen en el campo de lo misterioso. Misterioso es todo aquello que no se puede explicar científicamente, menos en la inseparabilidad de la vida y la muerte. Son siamesas misteriosas.

En una parte de su interesante y amena prosa, Mónica dice así: “Hay quien se parte el alma trabajando, buscando un mejor futuro para los hijos, buscando una vejez más segura, como si la meta de toda existencia fuera ser un viejo con dinero en búsqueda de vivir en paz. Mientras tanto, el presente y el amor están a la distancia, como un papalote que algún día perecerá. Y así trabajé por un mejor presente para mi pareja, un futuro protegido para mis hijos y un infierno cotidiano para mí. Pero hubo una pausa, fue como si el cáncer me dijera”:

  • Te regalo la muerte…
  • Nooooo…! Nooo! Grité, Grité y lloré aterrada.
  • ¿Para qué quieres vivir? – me preguntó.
  • Para amar y ser feliz – respondí.
  • ¡Y qué esperas para hacerlo? – me dijo –

Sentí una gran tristeza.

Ojalá que la naturaleza le conserve la euritmia de su anatomía. El divorcio tampoco es la muerte. La vida nace cada mañana porque Dios está a favor de la vida, pero tenemos que llenarnos siempre de fe profunda.

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