Oluta: pueblo abandonado en su dolor

Angel Gabriel Fernández.-   (1)

“El día que me toque dejar esta vida/

Me iré convencido que el Mundo es así/

Si el morir no dejó ni un petate viejo/ No habrá quién se ocupe en hablar bien de mi…”.

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En la cancha del “Jaguar” de la colonia San Pablo y en la de la colonia Los Laureles de Oluta, desde el martes extrañan la presencia de José Luis, quien llegaba, estacionaba su moto, se arremangaba el pantalón y la mayoría de veces con sus zapatos de trabajo, se ponía a echar la “cascarita” de futbol. No era mal hablado ni vicioso. Llegaba, jugaba y se iba. Sus compañeros de “cascarita” sabían que era albañil porque en sus pantalones traían residuos de cemento, cal o arena.

Pero ya el martes no llegó, tampoco el miércoles ni ayer jueves: José Luis murió la mañana del  martes cuando iba a bordo de su motocicleta y fue atropellado por un autobús frente al acceso de la Plaza La Florida en el libramiento de la carretera Transístmica en la entrada o salida a este municipio.

No murió solo: la tragedia fue mayor porque con él iba su hermanito de 14 años de edad. El joven obrero que gustaba de echar sus “cascaritas” por las tardes, tenía apenas 20 años de edad.

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“No estoy inventando, lo que digo es cierto/

Según sea el muerto, así es la gente la clara expresión/

Cuando muere un rico dicen ya expiró/

Cuando muere un pobre con desprecio dicen ya se lo llevó…”.

La mañana de ayer, en verdad. Por las calles de Oluta había un sentido generalizado de dolor. Quien esto escribe ha dicho a veces en tono de broma pero la mayor de las veces en serio, que no tiene corazón y que muy pocas cosas le impresionan; pero ayer sí se me puso la piel chinita, No me ocurre eso ni cuando se entona el Himno Nacional previo  a un juego de la Selección Mexicana de Futbol o ante de una pelea de “El Canelo” Álvarez; esas me parecen payasadas, falsedades. Pero ayer cuando iban a sepultar a los hermanos José Luis y Alfredo López Vázquez, sí me impresionó.

Porque sí siento el dolor del pueblo; sí siento el sufrimiento del pobre.

La marcha fúnebre recorrió el pueblo de extremo a extremo, porque inició en la colonia El Mirador, fue hasta la Iglesia Pentecostés “Cordero de Dios” en el barrio Primero y después cruzó todo el pueblo para dirigirse al panteón municipal.

La colonia El Mirador, donde vivían los hermanos, es la más pobre del pueblo. La Iglesia Pentecostés a la que los llevaron, es la más pequeña del pueblo. Todo es pobreza. En la colonia El Mirador dicen que triste se escucha la lluvia en las casas de cartón; en la Iglesia “Cordero de Dios” lo único grande son las puertas para que entre quien quiera; lo más ostentoso es un “palo que habla”.

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“Cuando muere un pobre el llanto es sincero/

Cuando muere un rico le loran al dinero/

El que tiene paga para que lo sientan/

Cuando yo me muera ni se darán cuenta…”.

Cuando la carroza recorría las calles del pueblo, hasta el cielo quiso llorar; la mañana se nubló cuando minutos antes había sol. Pero las que sí lloraron fueron las motocicletas, porque un grupo de motociclistas (sin cascos, por cierto), ponía el toque dramático con sus cláxones.

Ciudadanos olutecos que ni conocían a los jóvenes fallecidos, se sumaron solidarios a la marcha fúnebre. Eran chicos seguramente especiales y fueron sepultados en un día especial: el Día de Muertos.

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“Pero no me apura, allá nos juntamos/

Aunque yo no deje para comprar llantos en mi novenario/

Eso qué me importa si en el camposanto, cubierto de tierra estaré lo mismo que los millonarios…”.

En los días de campañas políticas, todos los muertos eran importantes; los candidatos desfilaban por los moratorios; unos llevaban flores, otros llevaban el pan y otros ponían las cajas. Ellos, los políticos, ponían el llanto; el pueblo, siempre el pueblo, ponía los muertos y ponían en dolor. La hoy alcaldesa electa, María Luisa Prieto Duncan, iba a todos los mortorios aunque no hubiera conocido en vida al desafortunado; iba con su caja de pan y no sé si como en las noveles de la Revolución, hasta soltaba sus lagrimitas para “demostrar que sentía dolor”.

Pregunté si en el entierro de ayer iba algún políticos y me dijeron que no; pregunté si por tratarse una verdadera tragedia del pueblo había estado presente el presidente municipal “Chuchín” Garduza y me dijeron que no. Si no se está con el pueblo en sus momentos de dolor, no se es parte del pueblo. Con el pueblo hay que estar en sus momentos de alegría, pero también en sus momentos de tristeza. “Chuchín” Garduza y los políticos del PAN, y todos los políticos, no sólo deben convocar a la gente por medio de cohetes cuando hay fiestas o cuando ganaron una elección. Hay que estar con la gente siempre. En los medios impresos locales y regionales, en la radio, por internet en la página oficial del Ayuntamiento de Oluta o aunque fuera por medio de los “palos que hablan”, no vi ni escuché una condolencia para la familia López Vázquez. Ojalá las autoridades olutecas hayan tenido el gesto de acompañar a esa familia en estos momentos de tragedia; ojalá se hayan bajado de su pedestal y hayan ido a darles un abrazo sincero.

Todos sabemos que cuando la gente obtiene poder se deshumaniza. Por el hecho de haber ganado una elección aunque haya sido con trampas o comprando votos, ya creen que la gente los adora; sientes muchos escuchar que la Virgen les habla, que sus obras son divinas o que sin dificultad alguna pueden sentarse a la Diestra del Señor.

Era el momento de que “Chuchín” se uniera al pueblo…pero no, al hombre lo están engañando y le hacen creer que puede llegar a ser Diputado.

A lo mejor le dio pena sumarse a la gente, a su gente, porque el camión que atropelló y mató a los dos jóvenes olutecos, es propiedad de su hermano.

Si “Chuchín” dice en sus boletines de prensa que “ha hecho historias con sus obras”, que el pueblo os premie.

Pero por darle la espalda a su pueblo en los momentos de dolor, que el pueblo os demande.

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